PSICOLOGÍA DE LA LIBERACIÓN Y REALIDAD VENEZOLANA

Hace unos 40 años, Ignacio Martin Baró sumido en una realidad caótica, pero vagamente afín a la realidad venezolana actual planteaba una “Psicología de la Liberación”, se preguntaba: ¿Con el bagaje psicológico de que disponemos, podemos decir y sobre todo hacer algo que contribuya a los problemas cruciales de nuestros pueblos?. En ese momento ya pensaba que la preocupación del científico social no debía cifrarse tanto en explicar el mundo sino más bien, en transformarlo.

Hablaba de un poder que permitiera a los pueblos volverse protagonistas de su propia historia y realizar aquellos cambios que volviesen a las sociedades latinoamericanas más justas y más humanas (Martín-Baró 1983). Ideas estas, que hoy en Venezuela huelen a socialismo porque forman parte del discurso con el que durante tanto tiempo nos han ideologizado, pero que ha sido, en suma, un discurso sin poder.

Epistemológicamente las ciencias sociales, y la psicología dentro de estas, llevan 100 años (en realidad desde siempre) recorriendo el camino de lo cualitativo, con los aciertos y desaciertos que construyen ciencia a la vez que humanidad. Por tanto, tenemos las herramientas y un camino allanado para la comprensión de lo que nos convirtió en el pueblo que somos. En suma, sabemos mucho y entendemos mucho respecto a nosotros mismos, respecto al pueblo venezolano.

Sabemos mucho de matricentrismo porque en cierto sentido todos adoramos la figura de la madre, la mayoría (estadísticamente hablando) hemos experimentado la ausencia de un padre funcional. Sabemos que como pueblo requerimos la figura de un padre protector (el que no tuvimos y cuya ausencia lloramos), es fácil comprender, en el nivel de las ideas, que buscamos a ese padre como niños huérfanos, en cada caudillo, en cada presidente, en cada promesa. Pero, aunque quienes tenemos el privilegio de saber, efectivamente sabemos, o entendemos, no basta solamente con saber. Así como Alí Primera decía muy sabiamente “No Basta Rezar”. Luego de saber, necesitamos decidir qué haremos con eso que efectivamente sabemos.

Baró nos hablaba de la necesidad de una nueva epistemología, de la investigación participativa, de una nueva perspectiva y de una nueva praxis. La nueva perspectiva provenía en su criterio, de un trabajo que surgiera desde la vertiente del dominado, del oprimido. Hacía énfasis en que provenía de este sujeto, en que no era una dádiva del opresor para lograr la liberación de quien se presume “oprimido”.

Pero entonces, en esta nuestra realidad: ¿Cómo hacemos para liberarnos y crecer desde el nosotros?, ¿Cómo se ve el crecimiento, la autorresponsabilidad, la independencia desde la óptica de un pueblo niño que jamás ha tenido padre? Así pues, esta liberación parece partir irremediablemente del pueblo, tiene que gestarse en nosotros en tanto que somos parte de este colectivo. Cuál es el rol que los profesionales de las ciencias sociales tenemos en este proceso?.

En esta perspectiva es evidente que quienes podemos ver más allá, tenemos una gran responsabilidad, pero no tenemos claros ni los límites ni el modo en que esta responsabilidad debe ser ejercida.

Como dice sabiamente un refrán tibetano: “Gran problema, gran honor”. La situación política y social de Venezuela es crítica, caótica, rebasa a diario nuestra capacidad de adaptación, reta nuestra tolerancia, y dentro de este caos algunos nos sentimos llamados a la acción. Así, podemos caer en el error metodológico de pretender orientar, guiar o conducir, y aunque es cierto que la orientación tiene sus momentos y sus espacios no parece ser en su totalidad lo que requiere este momento histórico.  La orientación conduce, lleva, pero resta poder, el oprimido se deja guiar, se deja orientar pero no por ello se “desoprime”, no asume la propia responsabilidad en su proceso.

Además: ¿Quién en nuestra realidad es el opresor y quien el oprimido? Si tal parece que oprimidos por la ignorancia estamos todos y los actuales “oprimidos” están condenados a convertirse en los opresores de mañana.  ¿Qué podemos hacer para hackear el sistema desde adentro?

La Praxis que Baró nos vende nos habla de que, además de transformar la realidad  esta praxis nos transforme a nosotros mismos. Pues, al fin y al cabo, los procesos colectivos nunca pueden separarse de los individuales. Dejarse transformar en medio del esfuerzo que ponemos en colaborar con una transformación que va más allá del nosotros y que además, no es la transformación que “planificamos” sino una construcción colectiva a la cual aportamos pero que de ningún modo estamos diseñando o planificando.

¿Qué actividades empoderan? Todo lo que promuevan reflexión y genere espacios en donde esta reflexión pueda darse. Generar espacios de trabajo, hacer un uso reflexivo de las redes sociales siempre que sea posible, actividades que promuevan el reconocimiento del “otro” o que tiendan a posibilitar que analicemos el problema desde otra óptica.

Todas las acciones coherentes con la autoresponsabilidad son bienvenidas, pues aún desde la autotransformación y el propio proceso podemos aportar algo o generar aunque sea un mínimo de impacto.

 

 

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