HISTORIA DE LA SEXUALIDAD: PLURIDIMENSIONAL, ATEMPORAL Y SIEMPRE COMPLEJA

Conversar sobre la historia de la sexualidad implica remontarnos a los inicios de la especie y combinar lo más simple e instintivo con lo que culturalmente nos ha generado el mayor número de complicaciones y tabúes.

Indispensable para la preservación de nuestra especie, el ejercicio de la función sexual parece generar (al menos en la cultura occidental) cada vez más confusión, al punto de que, llegamos a requerir orientación y consejo profesional para lograr plena satisfacción en un ámbito en el cual, para bien o para mal nuestros antepasados lograron arreglárselas sin ayuda.

Podemos pasearnos por la amplísimamente documentada historia de la sexualidad y encontrar, desde curiosidades, hasta hechos bien importantes. Desde la promiscuidad sexual primitiva característica de la prehistoria, pasando por la fuerte influencia con la que las religiones provenientes del tronco semita marcaron durante siglos y hasta el presente su ejercicio. Sobre esto último expresa Vera-Gamboa (1998)[1] lo siguiente:

En el Antiguo Testamento, se señalan las normas que regulaban la conducta sexual de la época. En el judaísmo, el matrimonio tenía como finalidad la descendencia y la esposa hebrea tenía el “privilegio” de compartir los favores del esposo con otras esposas secundarias, pero si ella era infiel era apedreada.

Aunque nos remontamos con este relato quizás hasta hace unos 3000 años, es necesario recordar que, en la actualidad, al menos 47 países del mundo toleran o incluso promueven la poligamia. Se calcula que para 2014 al menos 100.000 personas de Estados Unidos practicaban la poligamia. La mayoría de ellos de la religión “Mormon” e integrantes de una corriente fundamentalista de la misma[2].

En la edad media, por influencia del cristianismo, en la cultura occidental volvemos al matrimonio monógamo y es para 1530 cuando la Reforma protestante de Martín Lutero admite el primer divorcio solicitado por Enrique VIII para lograr casarse con Ana Bolena.

Históricamente, es ya entrando en el siglo XIX cuando, como especie, levantamos un poco los velos morales y religiosos que venían cubriendo el ejercicio de la función sexual y nos dedicamos a realizar un estudio científico de esta. De manera quizá un tanto exagerada, Sigmund Freud sistematiza una teoría de la personalidad donde el desarrollo sexual condiciona gran parte del comportamiento del hombre adulto, a su vez consagra las bases de la teoría psicoanalítica que posteriormente será depurada por otros autores. Siglos antes de Freud, en un contexto religioso ya se había considerado como demoníaco el impulso sexual, se le tenía como causante de pecado. Y aunque no parezca tan significativo actualmente, generar una teoría esquematizable en etapas, acerca del desarrollo sexual, resultó muy significativo para la psicología.

Más adelante, otros autores como: Kinsey o Master y Jhonson, continuaron realizando investigaciones cada vez más significativas y desmitificadoras en relación con la función y la respuesta sexual. Dando pasos agigantados en la labor que permite reencontrarnos en el ejercicio de la función sexual como el hecho casi instintivo que es; y que se ha visto opacado por la intrusión de elementos inherentes a la religión, la cultura y la moral, los cuales, cuando no los hemos contextualizado y digerido apropiadamente, en lugar de guiarnos u orientarnos, más bien nos limitan y nos condicionan restándonos placer y felicidad.

Elaborar conclusiones sobre la historia de la sexualidad desde cualquier óptica nos llevaría a resultar un poco etnocentristas, pues aún desde la cultura occidental, las variaciones pudiesen ser infinitas y difícilmente encontraríamos un marco general a qué atenernos. Podremos, en un mismo momento histórico encontrar una sexualidad monogámica primitiva entre los indígenas Yanomamis Venezolanos, relaciones polígamas en una colonia de inmigrantes mormones en las selvas de Bolivia o relaciones poliamorosas en Bogotá.

No obstante, generalizando un poco, en las últimas décadas, para un porcentaje alto de occidentales han operado grandes cambios culturales en torno a la visión que se tiene del ejercicio de la función sexual. Entre estas para Fumero[3] destacan: Consolidación de las conquistas de las décadas anteriores, mayor libertad sexual para hombres y mujeres, se aborda el estudio del sexo desde una perspectiva científica, aparece la sexología como rama de la ciencia.

Todo lo anteriormente mencionado debe servir de preámbulo para la compresión de varias ideas.

La primera de ellas es el carácter pluridimensional de la sexualidad ejercida por el ser humano. Muy acertadamente, en Formación de Actitudes del Orientador (1994)[4] hemos estudiado el ejercicio de la sexualidad en relación a 3 funciones: afecto/amor, reproducción, función sexual. Esto, con fines educativos es lo más pertinente y útil. Sin embargo, la complejidad de la sexualidad no se detiene allí, será compleja o más simple en función de lo que represente para cada individuo y dentro de cada cultura.

Por pluridimensional, en este caso, me refiero al hecho de que atiende a diversos aspectos. Entonces, el ejercicio de la sexualidad tiene connotaciones éticas, morales, religiosas, educativas que forman parte de la educación que recibimos en la cultura en la cual crecemos.

Un ejemplo de ello es que el ejercicio de la sexualidad puede ser una manera de conectar con la divinidad, de convertirse en cocreador. Dentro del taoísmo y  la sexualidad tántrica la sexualidad obedece a fines superiores a la reproducción y el afecto por la pareja. También los budistas tibetanos en algunos casos, utilizan la energía sexual como parte de sus meditaciones, que como objetivo plantean desarrollarse para el beneficio de todos los demás seres.

Que paradójico resulta que lo más simple pueda, al mismo tiempo, ser tan complejo.

No en vano Pascal[5] reflexionaba:

“¿Qué quimera es, pues, el hombre?. ¡Qué novedad, qué monstruo, qué caos, qué sujeto de contradicción, qué prodigio! ¡Juez de todas las cosas, imbécil gusano, depositario de la verdad, cloaca de incertidumbre y de error, gloria y excelencia del universo…! Reconoced, pues, soberbios, qué paradoja sois para vosotros mismos. Humillaos, razón impotente; naturaleza imbécil: sabed que el hombre supera infinitamente al hombre…”

La historia de la sexualidad también pretende ofrecer un criterio de temporalidad para la comprensión de algo que a mi parecer es inherentemente atemporal. Dado que la palabra atemporalidad proviene del latín “intemporātis” que significa negación o antítesis de tiempo. Por tanto, hace referencia a algo para lo cual el criterio tiempo no es aceptable. Entonces, a mi juicio, hacer valoraciones “temporales” del ejercicio de la función sexual a lo largo de la historia es, básicamente un ejercicio intelectual un tanto estéril.

Estudiar la evolución de la historia de la sexualidad implica comprender como una de las funciones humanas más instintivas se entremezcla como ninguna otra con la vida emocional, la educación y las conservas culturales. Una vez mezclado todo, en proporciones incalculables, es labor de cada hombre reivindicar su derecho a un ejercicio instintivo, a la vez que consciente (paradójicamente, de nuevo) y adecuado a los valores que haya adquirido.

En este mismo orden de ideas, la sexualidad está tan irremediablemente permeada por la cultura, por lo que creemos que somos, o (en otros casos) por lo que nos han hecho creer que somos, que resulta imposible negar su complejidad.

Aunque la sexología nos lleva (como es comprensible), al terreno científico de las causas y los efectos, a la modificación de conductas y de patrones. El ejercicio de la sexualidad es, en mi humilde opinión, un hecho vincular profundamente y complejamente humano, que solamente a veces puede ser llevado con éxito a la dimensión “estímulo-respuesta, patrón sexual, variabilidad” que plantea la sexología.

De hecho, me aventuro a afirmar que solamente luego, de vernos como humanos en nuestra dinámica y generalmente caótica complejidad vincular; luego de haberla aceptado, es cuando se hace posible remitirnos a la sexología para modificar conductas o patrones y aumentar la variabilidad en nuestra respuesta sexual que debe ayudarnos a obtener más placer. Sólo luego de ello, es cuando seremos, además, más felices.

 

                     Ninguna época ha sabido tantas y tan diversas cosas del hombre como la nuestra. Pero en verdad, nunca se ha sabido menos qué es el hombre.

                                                                                  Martin Heidegger

 

[1] Vera-Gamboa, Ligia. (2002) Historia de la Sexualidad. Rev Biomed 1998; 9:116-121.

[2] Los Grupos Polígamos tienen Mucho Poder y Dinero. Redacción Protestante Digital (2017)

[3] Fumero, Albin. Seminario I. Material de Clase CIPPSV.S/E

[4] CIPPSV. Formación de Actitudes del Orientador (1994) Material de la Asignatura.

[5] Pascal, Blas. Reflexiones.

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